Si el problema está en el contenido pagado, el contrato debería dar tres palancas: exigir la retirada o edición en un plazo corto, no pagar hasta que se corrija y sustituir la pieza. Si además el contenido incumplía la obligación de identificar la publicidad, el riesgo regulatorio alcanza también a la marca, así que la retirada es urgente, no negociable.
Si el problema está en lo que el creador publica por su cuenta, la única herramienta previa es la cláusula de conducta: define qué conductas permiten terminar el acuerdo y qué pasa con el contenido ya publicado y con los pagos pendientes. Es incómoda de negociar y es exactamente para esto.
Lo que conviene tener preparado antes de que pase: quién decide en la marca, quién habla con el creador, si se retira el contenido o se deja, y si se dice algo públicamente. Improvisar eso en caliente es lo que convierte un incidente pequeño en una crisis.
Y un matiz honesto: borrar deprisa y en silencio a veces amplifica. La decisión de retirar o no depende de si el contenido es ilegal o incumple, en cuyo caso se retira, o si simplemente es incómodo, en cuyo caso hay que pensarlo.
Más contexto: código de conducta, gestión de crisis y contrato con influencer.