La exclusividad protege a la marca de aparecer la semana siguiente junto a su competidor en el mismo perfil. Es legítima, pero se redacta mal a menudo.
Una cláusula delimitada define la categoría con precisión («productos de limpieza del hogar», no «gran consumo»), las plataformas afectadas, el plazo —tres o seis meses es lo habitual en campañas; doce en embajadores— y el territorio.
Una cláusula abusiva hace lo contrario: prohíbe genéricamente «marcas del sector», no pone fecha de fin y no se paga aparte. Un creador profesional la rechazará o la cobrará muy cara, porque le bloquea su mercado.
Regla práctica: la exclusividad es un servicio adicional, no un extra gratis del contrato. Si la marca la quiere, se presupuesta. Si no está dispuesta a pagarla, probablemente no la necesita.